Pobre gatita

Pues eso, me causa una pena horrible el tener que encerrar a la gata constantemente. Limitar sus horarios y albedrío.

También me causa a mi una gran molestia y angustia  estar siempre pendiente de si está el vecino en casa, si ha marchado o a que hora volverá. Es una vigilancia constante día a día y de la mañana a la noche.

La gata sufre, hay días que desea salir y no puede y entonces se arrastra por las esquinas llorando, ¡qué lamentos! hasta que se cansa y se tumba aburrida. De verdad da mucha pena oirla lloriquear, se me encoje el corazón.

La razón es muy simple. La gata vive aquí. Está las 24 horas de cada día en casa, dentro o fuera. No va a ningún sitio. Tan solo cuando sale merodea por el jardín, por la casa de María y por la calle persiguiendo lagartijas.

Y el perro del vecino suele estar suelto por su jardín varias horas al día. Muchas los fines de semana. Entonces las probabilidades de que salte el muro y la ataque son muy grandes. Un día u otro la pillaría despistada, dormida o haciendo la croqueta tan feliz delante de casa. Y más tarde o más temprano la mataría.

Por eso controlo sus horarios y la encierro a determinadas horas y casi todo el fin de semana.

No soportaría que algo así sucediera. De momento ambos lo pasamos mal por estas razones, aunque tenemos muchos otros momentos más felices y despreocupados.

Y esto nos compensa.

La foto que acompaña esta entrada es de la gatita espatarrada dentro de casa tomando el sol que penetraba por la Velux. Al final acepta la situación y con un cepillado, cuatro mimos y un poco de sol vuelve a ser tontamente feliz.